Un Grammy épico!


Esta vez, la balanza de los premios Grammy se inclinó hacia los novatos. Al igual que en ceremonias recientes, cuando créditos en pleno ascenso como Amy Winehouse o el trío Lady Antebellum se fueron con las manos llenas, la entrega número 56 de los premios más relevantes de la industria de la música -realizada en el Staples Center de Los Angeles- favoreció a figuras que recién ganan terreno en el circuito internacional, en desmedro de algunos ilustres ya consagrados. 
El ejemplo más ilustrativo lo protagonizó el rapero blanco Macklemore y su productor, Ryan Lewis, sociedad artística que se posicionó entre lo más exitoso de la temporada pasada. 
Una alianza que, hasta el cierre de esta edición, ya contaba con cuatro galardones, incluyendo Mejor artista nuevo y todos los consagrados al nicho del hip hop (Mejor álbum de rap y Mejor canción de rap, entre otros), de donde desplazó a titanes como Kanye West y, sobre todo, Jay-Z, gran favorito de la velada y que llegó con el mayor número de candidaturas (un total de nueve). 
De manera involuntaria, el abrazo entre los Grammy y Macklemore también fue el triunfo de una manera muy distinta de concebir el hip hop, casi alejada de los arrebatos tradicionales de ostentación y megalomanía: el intérprete nacido en Seattle ha editado su música bajo su propio sello y sus canciones son dardos directos al consumismo, a la escasa tolerancia a los homosexuales y a la visión de la mujer como un simple objeto. 
Otro caso categórico, y casi en la misma línea, lo encarnó la cantante neozelandesa Lorde, quien debutará en Chile en el próximo festival Lollapalooza. 
La artista, de 17 años, se llevó Mejor performance pop solista y Canción del año por Royals, y desbancó a créditos de mayor tonelaje artístico, como Bruno Mars, Katy Perry y Justin Timberlake. 
Con ello, se convirtió en la tercera cantante más joven en alzar un Grammy, sólo superada por Luis Miguel y LeAnn Rimes, quienes se lo adjudicaron con 14 años. Además, Lorde posee una sensibilidad que la distancia de las estrellas de moda, ya que sus letras critican la pose comercial, frívola y facilista de Demi Lovato o Selena Gomez. 
“Ella es una de las leyendas del futuro”, zanjó LL Cool J, conductor del evento, timbrando el real estatus de la intérprete. Alianzas históricas En un escenario más predecible, Daft Punk fueron otros de los protagonistas: consagraron un retorno que figuró entre lo más destacado de 2013 e hicieron suyos categorías como Mejor álbum electrónico y Grabación del año. 
Fieles a su credo de hermetismo robotizado, ambos saltaron a escena refugiados bajo sus cascos relucientes, dejando el discurso a su colaborador estrella, Pharrell Williams. El mismo que se llevó una estatuilla por Productor del año. Justin Timberlake también sonreía con tres galardones desprenidos de su título The 20/20 experience. 
Pero si en los apartados más masivos se favoreció a estrellas en pleno crecimiento, la apuesta por la renovación fue casi inexistente en el ámbito del rock. Por ejemplo, Mejor Album Rock se lo llevó Celebration Day, disco en vivo que documenta el retorno en 2007 de Led Zeppelin: una banda disuelta en 1980 y que sólo ha hecho dos conciertos en los últimos 35 años. 
La excepción la marcaron Imagine Dragons y Vampire Weekend, quienes alzaron su gramófono dorado en Mejor performance de rock y Mejor Album de música alternativa, respectivamente, derrotando a instituciones como David Bowie (quien, pese al ruido generado por su vuelta, no ganó ninguna de las candidaturas a las que postulaba). 
Bajo tal escenario, la espectacularidad fue patrimonio de los shows. Hoy las presentaciones en vivo forman el capital más atractivo de la cita. Y desde un principio: el inicio estuvo a cargo de Beyoncé y Jay-Z, por lejos la pareja más poderosa y atractiva de la industria de la música en EE.UU. y que se unió para interpretar Drunk in love, parte del último álbum homónimo de la cantante. 
Luego fue el turno para Katy Perry, en un espectáculo sin mayor lucimiento y que detonó sólo los aplausos protocolares del teatro californiano. A la hora de las colaboraciones, un auténtico y casi impensado cruce generacional vinculó a Robin Thicke, figura del R&B y el hip hop gracias a su hit Blurred lines del año pasado, con Chicago, pioneros desde fines de los 60 en la introducción de bronces en el rock. 
Un puente generacional de mayor sincronía vino con Ringo Starr, ex baterista de The Beatles, los grandes homenajeados de la cita gracias a la efeméride que marca los 50 años de su arribo a EE.UU. 
Presentado por los tres miembros originales de Black Sabbath que retornaron en 2012 -fanáticos absolutos de los Fab Four-, Starr se lanzó con uno de sus mayores hits en solitario, Photograph. 
Como guinda de la torta, sobre la mitad de la ceremonia, Paul McCartney -quien ayer se embolsó cuatro gramófonos- saltó a escena para interpretar Queenie eye junto al propio Starr, reunión que no sucedía desde 2009. 
Historia absoluta. También fue el turno para Stevie Wonder y Nile Rodgers, quienes se unieron para cantar Get Lucky con Daft Punk, los robots que, pese a las máscaras, esta vez sonrieron felices.
La Tercera

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